Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Creo que vivimos en una cultura en la que el descanso, por un lado, está mal visto y, por otro, es ese paraíso perdido al que añoramos volver cuando logremos todo aquello que nos hemos propuesto. Pero bueno, ya sabes lo que se dice: “a descansar a la tumba”.
Y, sin embargo, de pronto somos zombies que arrastramos los pies para alcanzar todo aquello que nos hemos propuesto o “deberíamos hacer”… antes de "descansar" ¿para cuándo? ¿Para cuando ya no podamos y/o “estemos en la tumba”?
Por supuesto, descansar también se ha vuelto un lujo que quizá solo esté al alcance de algunos. O no. Pero el punto es que hay muchas formas de “descansar”.
Antes de entrar a eso, déjenme platicarles una historia que, hasta hoy, me sigue pareciendo interesante...
Hace algunos (muchos) años, cuando iba de campamento a la playa con mis amigos de la universidad, recuerdo que en alguna ocasión, echados en la hamaca bajo la enramada de los pescadores —donde solíamos poner las tiendas de campaña—, uno de estos cuates, que estudiaba en un instituto de alto rendimiento, nos contaba cómo los preparaban para ser muy eficientes y tecnócratas (lo que sea que eso signifiqué).
Reflexionando al respecto, nos contó una metáfora de un pescador que me parece muy pertinente para hablar del descanso y del absurdo de trabajar, trabajar y trabajar… para llegar algún día a ese paraíso perdido de la tranquilidad.
La historia iba más o menos así:
En un campamento como el nuestro, un estudiante de economía observaba a un pescador que se levantaba con el amanecer, salía a pescar, regresaba aún por la mañana, le daba el pescado a su mujer, vendía el resto a algunos comerciantes de la zona y pasaba el resto del día tumbado en su hamaca, se levantaba ocasionalmente para hacer algunas diligencias, pero completamente relajado y sin prisas.
El chico, entusiasta, que lo venía observando desde hacía días, se acercó a hablar con él y le sugirió —muy orgulloso de sus brillantes ideas— cómo podría generar más recursos: primero levantándose más temprano, para llevar ventaja (“al que madruga, Dios le ayuda”), así vendería más y mejor, y con ese dinero podría comprar dos botes, duplicaría ingresos y, finalmente, una flotilla… hasta convertirse en un gran empresario de la pesca.
El hombre, recostado, le preguntó desde su hamaca:
—¿Y eso para qué?
—¿Cómo que para qué? —respondió, sorprendido, el joven visionario—. Para poder retirarte a los 50… y disfrutar el resto de tu vida echado en una hamaca frente al mar.
Byung-Chul Han* plantea que vivimos en una cultura de autoexplotación donde incluso el “tiempo libre” se vuelve productivo. El problema no es solo la falta de descanso, sino la incapacidad de detenernos.
“La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados y deprimidos”, escribe.
Y me parece que esa es la paradoja de nuestro tiempo: no sabemos descansar. Soñamos con el descanso como una especie de “recompensa” que nos será otorgada cuando cumplamos todas las tareas que tenemos en mente, todas las exigencias —propias y del entorno—, hoy amplificadas por las redes sociales.
Hoy en día hay muchísimas personas con trastornos del sueño. No se sabe descansar. Parecería que hay que apagarse: ya sea por agotamiento extremo, con medicamentos o con estímulos que desgastan para poder “caer”.
Pero descansar no es solo dormir y para poder dormir, hay que saber descansar antes.
Descansar es salir de un estado de exigencia. Es desconectarse de una manera de estar. Es ese espacio donde no se produce ni se responde a demandas: se es. D. Winnicott hablaba del valor de “simplemente ser” (being) frente al “hacer”.
Podemos descansar saliendo a caminar, yendo con amigos, leyendo un libro, contemplando un paisaje, saliendo de la rutina, escuchando música, bailando… en todas esas acciones que nos sacan de ese estado constante de exigencia y producción.
Hay mucha gente cansada que cree que lo único que necesita es dormir, pero no descansa. Quizá porque se “apaga”… y eso tampoco es descanso.
Quizá por eso descansar… cansa.
No por el descanso en sí, sino por el esfuerzo constante de intentar llegar a él.
Por vivir posponiéndolo, como si estuviera siempre después.
Después de terminar.
Después de lograr.
Después de poder.
Quizá no se trata de llegar al descanso.
Sino de permitirlo, incluso cuando nada está resuelto.
Ojalá que estas vacaciones hayas podido descansar, incluso sin dormir más.
*Si te interesa el libro de Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Editorial Herder.

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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