Eso que llamamos miedo

Sképsis · Reflexiones

σκέψις

Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.

Investigar sin cerrar respuestas.

Esa era la emoción que predominaba en mí si me preguntaba qué sentía normalmente: miedo. Y aunque hoy ya no lo vivo igual, sé que puede regresar con facilidad.

El miedo aparece frente a algún peligro o algo que lo represente, y en el cuerpo se activan respuestas para sobrevivir: huir, pelear o paralizarte.

Todos los mamíferos compartimos esta capacidad vital para la supervivencia; sin ella, es muy probable que muramos. Por supuesto, como toda emoción, se esperaría que tuviera un ciclo y que, una vez que cumple su cometido, se disipe. El cuerpo se activa frente al peligro y, cuando este pasa, debería poder volver a un estado de regulación.

Esto lo explica muy bien Peter A. Levine cuando habla de cómo nuestro sistema nervioso está diseñado para responder y después volver a su equilibrio. Pero ¿qué hay de vivir con miedo? Yo siento que así viví gran parte de mi vida.

Vivir bajo la supremacía de una sola emoción no es lo más recomendable. Una dictadura —como cualquier otra— de miedo no parece ser lo más funcional, sobre todo por las consecuencias que puede acarrear.

Existen tres respuestas frente al peligro —que en nosotros se vive como miedo—: huir, pelear o paralizarse.

HUIR

Le he dado la vuelta a numerosas situaciones en mi vida. Yo creo que esto trazó mi primera infancia: mi forma de “huir” fue la completa evitación de lo que me daba miedo. Evitaba a toda costa situaciones que me comprometieran. Me volví experta en eso. Me volví invisible.

Lograba, no sé bien cómo, que las maestras no me preguntaran enfrente de la clase. Evitaba todo aquello que me representara un peligro a mi corta edad, que para mí era prácticamente todo: desde ser vista por cualquier persona que no fuera de mi familia, hasta la clase de natación.

Creo que esta estrategia me acompañó hasta la adolescencia, donde por un lado quería pertenecer, ser parte, ser vista… y por otro, me aterraba profundamente lograrlo.

PELEAR

Cuando ya no puedes huir más, no te queda más que pelear.

Y vaya que he peleado. Me volví una gladiadora, me puse en pie de guerra y literalmente fortalecí mi cuerpo porque “nadie me iba a derrocar”. Me volví invencible.

El cuerpo responde. Se activa, se prepara, entra en estado de alerta. Pero cuando ese peligro no es "real" —o ya no lo es— el cuerpo muchas veces no logra soltar esa activación, y esto también genera consecuencias, en mi caso contracturas (eso lo compartiré en otro momento).

Creo que ahí también empezó a aparecer una fuerza en mí que me aterrorizaba. Una fuerza que sentía como cientos de caballos indomables y salvajes, listos para salir corriendo sin control. Y entonces hice lo único que sabía hacer: contenerlos. Sujetarlos. No permitir que se desbordaran.

Porque, en mi experiencia, esa fuerza no era algo confiable. Era algo que había que dominar.

Hoy miro esta fuerza con amor y admiración. No como algo que tengo que controlar para que no destruya, sino como una fuerza de vida que puede encontrar su cauce. No para luchar batallas que quizá ya solo se dan en mi cabeza, sino como algo que puede vivir en libertad, correr, saltar, desplegarse, sin estar en pie de guerra ni sometido a mis correas de control total, como lo escribí en Cientos de caballos.

PARÁLISIS

Si ya no te queda opción, siempre puedes "hacerte el muerto". ¿Por qué? En la naturaleza, hay depredadores que no consumen a su presa en el momento; la dejan para después. “Hacerse el muerto” es, en ese sentido, una última posibilidad de supervivencia: no ser detectado como amenaza, pasar desapercibido, ganar tiempo y, llegado el momento, huir (sobrevivir).

Levine, describe esta respuesta como una forma profundamente biológica de supervivencia. Que, aunque en los humanos no siempre sea tan evidente como en otros animales, sigue estando presente en nuestro sistema nervioso. Claro que no es una decisión consciente, tampoco es debilidad: es el cuerpo haciendo lo necesario para sobrevivir cuando no hay salida.

El problema con estas respuestas (huir, pelear o paralizarte) no son las respuestas en sí, sino cuando nos quedamos ahí. Cuando esa activación no logra descargarse porque el peligro no necesariamente viene de afuera, sino de lo que el cuerpo interpreta como tal, aunque ya no exista en el presente. Y cuando el cuerpo no puede completar ese ciclo, algo queda atrapado. Y vaya que me cansó “hacerme la muerta” frente a mi vida, en mi se representó en el cuerpo (ya te platicaré).

Hoy, el objetivo de este escrito, si vives con miedo, es hacer una invitación a salir de ese círculo perpetuo, convencidos de que hay peligro en todos lados. Parte de enfrentarlo hoy es, simplemente, compartirlo contigo —que me estás leyendo—; es también mi manera de enfrentar unos de mis miedos: el miedo al ridículo, a ser vista, a fracasar, a todo eso que, al final, no importa tanto.

¿Qué puede pasar? NADA.

Vivir en miedo desgasta. Nos mantiene en alerta constante frente a peligros que muchas veces no son actuales ni reales, sino la mera idea de que pueden serlo. A veces lo fueron y ya no lo son. A veces lo son, pero hoy no somos los mismos: hoy tenemos más recursos, más herramientas, más posibilidades para enfrentarlos, por el simple hecho de ser adultos.

No hablo del miedo como una respuesta natural y esperada —e incluso indispensable— que nos previene de los peligros- . Hablo del peligro que ya no es real, ni afuera ni adentro; que ya pasó.

Quizá de eso se trata también: de poder distinguir.


De ir soltando aquello que ya no es peligro, aunque el cuerpo todavía lo sienta como tal.


Y permitir que el miedo deje de ocupar todo nuestro espacio mental, para que otras formas de estar en el mundo también puedan aparecer.

Este descubrimiento me llevó a trabajarlo en mi interior y a descubrir tantos jardines y paraísos que habitan en mí, y que muchas veces quedaban sin explorarse por este miedo abrazador.

Quizá valga la pena que mires qué hay detrás de lo que hoy te da miedo, que logres distinguir qué estás percibiendo como peligroso… y qué ya no lo es.
A veces no es el peligro lo que permanece, sino la creencia de que sigue ahí.

Sandra L Vargas

Soy Sandra…

Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.

contacto@sandralvargas.com

Newsletter

Suscríbete para recibir nuestras publicaciones