Historias comunes de mujeres extraordinarias

Sképsis · Reflexiones

σκέψις

Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.

Investigar sin cerrar respuestas.

Mis amigas me parecen mujeres increíbles, todas, pero hoy quiero honrar a cuatro por la coincidencia de ser cada una madre de un niño y una niña, y porque decidieron, después de muchas batallas internas, que lo mejor era separarse de sus parejas. Esto las colocó en una lucha constante con los demonios del deber ser, de la bondad y de los cuidados mal entendidos en un mundo que aún arrastra estructuras patriarcales.

Las cuatro son mujeres trabajadoras, profesionistas. Mujeres capaces, admiradas por quienes las rodean. Y aun así, de alguna manera, siguen estando ligadas a lo que implica una separación aún hoy para la mayoría de las mujeres frente a la sociedad y frente a los hijos: ser el sostén (sobre todo emocional).

Hijos todos de “buenos padres”. Hombres que, en lo profundo, también arrastran los estragos de un machismo silencioso, oculto, muchas veces difícil de nombrar. Algunos con mas conciencia que otros, pero todos ausentes de alguna u otra manera por lo mismo; la diferencia es que estamos acostumbrados a que ellos puedan “faltar”.

Una de ellas es psicoterapeuta, bailarina, entusiasta. Su separación parece amistosa desde fuera, pero es lenta y tortuosa. Durante años ha sostenido las piezas para que él no se rompa, para que no se vea abrumado por sus propios demonios internos. Mientras tanto, ha ido postergando sus propias necesidades, sacrificando su propio vuelo. Cediendo y postergando, encargándose sobre todo del sostén emocional, adecuándose a sus necesidades aun ya separados: que él esté bien para que sea un mejor padre.

Otra es historiadora, culta, estudiosa. Madre muy joven, después madre otra vez. Durante mucho tiempo todo parecía funcionar, hasta que algo dentro de ella dejó de sentirse en paz. Decide poner fin a la relación, pero la culpa aparece de inmediato, reforzada por la incredulidad de él frente a lo inevitable. Posterga incluso lo legal que podría protegerla a ella y a sus hijos, porque él es un “buen padre”. Cuida de él al no querer obstaculizar su desarrollo profesional ni confrontar su fragilidad emocional. La culpa se vuelve el eje desde el cual cede; las mujeres parecen no poder querer “más”, hay que conformarse.

Otra más es diseñadora, capaz de dedicarse a lo que haga falta para mantener la estabilidad de su familia y enfrentar adversidades económicas. Una pérdida prematura que los une en un dolor compartido. Pero el duelo termina siendo vivido en soledad. Niega sus propias necesidades para sostener las del momento. Llega otra hija, aparecen las deudas, las mentiras, una infidelidad. Un tercer embarazo que parece una oportunidad para salvarlo todo, pero no. Algunos años después, la distancia entre ambos y la repetición de patrones llevan a lo inevitable: el rompimiento. Aun así, tiene que soportar las consecuencias de las decisiones de él, porque de lo contrario los afectados serían ella y sus hijos. Hay que compensar.

Y otra, psicoanalista, segura de haber construido la vida que deseaba. Un embarazo la lleva a aceptar al padre de su bebé con la promesa de una historia diferente para ambos. Un segundo hijo nace bajo esa misma ilusión. Resiste las adversidades creyendo que su trabajo emocional permitirá recomenzar, que en algún momento sus propias necesidades serán prioridad. Pero lo que aparece es otra cosa: el vacío de él, su enojo, su propia historia no resuelta. Descubre entonces que ha convivido durante años con alguien a quien nunca terminó de conocer del todo. Basta: la separación antes de desaparecer para sí misma. La violencia desde la negligencia: quitar para presionar, para manipular; ir parchando esas ausencias y esos despojos emocionales.

Las cuatro luchan por una separación que tenga el menor impacto posible en la vida de sus hijos. Y, sin embargo, sobre la marcha aprenden algo difícil: que en el presente inmediato las cosas también se vuelven más complicadas, porque aun a la distancia sostienen como pueden las ausencias de unos padres que parecen niños en una sociedad que los infantiliza y les permite lo que a las mujeres no: priorizarse ellos.

Las cuatro rondan los cuarenta. Exitosas, fuertes, mujeres que resuelven. Admiradas por quienes las rodean. Y aun así comparten el mismo dolor: el de decidir separarse en un mundo que todavía nos enseña que más allá de una misma, hay que cuidar, sostener y proteger al otro. Incluso cuando ese otro es precisamente la persona de la que una necesita separarse.

Quizá no son historias de violencia extrema. Son historias más silenciosas. Historias de culpa. De responsabilidad emocional. De decisiones difíciles.

Historias comunes.

Pero quizá lo extraordinario de estas historias no está en lo que ocurrió, sino en quiénes son ellas mientras ocurre:

Mujeres que cuidan, que piensan, que sostienen, que dudan, que se rompen un poco y aun así buscan superarse. Ninguna se derrumba del todo, y si lo hace es en privado, en la intimidad y cercanía de amigas.

Hacia afuera, mujeres enteras, fuertes, de esas que “pueden con todo”. Aunque, en realidad, no deberían. Poder con todo no es una cualidad, es una necesidad. Y tampoco hay que romantizarlo: no está bien que las mujeres tengan que poder con todo, porque eso —aunque a veces invisible— también tiene un costo.

Estas mujeres no aparecen en titulares ni en historias épicas; son mujeres comunes: las que llevan a los hijos a la escuela. Las que resuelven mientras intentan recomponer su vida emocional. Las que planean fiestas infantiles y aprenden a pedir ayuda. Las que lloran en silencio y al día siguiente vuelven a levantarse. Las que buscan estar presentes sin descuidar su trabajo. Las que están dispuestas a negociar, a ceder, a comprender; las que van y vienen y hacen y deshacen…

Y quizá por eso mismo son extraordinarias: porque parece que “están bien”.

Porque también lo extraordinario sucede en lo cotidiano: en la valentía silenciosa de quienes se atreven a rehacer su vida mientras siguen cuidando la de otros.

Mujeres que, aun en medio del dolor, siguen caminando. Y que nos recuerdan que hay una forma de fuerza que no grita, que no se impone, que simplemente permanece.

La de las mujeres comunes.
Mujeres extraordinarias.

Mis amigas.

Sandra L Vargas

Soy Sandra…

Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.

contacto@sandralvargas.com

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