Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
La película de Kung Fu Panda, la primera, tiene varias escenas que me encantan, pero hay una en particular que me resulta especialmente útil cuando pienso en las comparaciones.
Po está desesperado tratando de convertirse en el Dragón Guerrero. Se siente decepcionado de quién es: de su gusto por los dumplings, por dormir, por tomarse la vida de una manera más ligera. Está convencido de que nunca estará a la altura de los demás.
Recuerdo una escena en la que le dice a la Tigresa que nunca podrá ser como ella. Y creo que es justamente entonces cuando el maestro Shifu, desesperado por la misma razón, se da cuenta de algo fundamental: efectivamente, Po nunca podrá ser como ella. Nunca será como la Tigresa. Nunca será como los demás.
Y ese era precisamente el punto.
A partir de ahí la película se despliega de una manera distinta. Shifu deja de intentar convertir a Po en alguien más y comienza a descubrir quién es Po realmente. Es entonces cuando termina convirtiéndose en el Dragón Guerrero.
De niña me comparaba mucho con mi hermana.
Ella era la niña del "yo voy". Sonriente, alegre, sociable, dispuesta a participar en todo. Yo, en cambio, era más reservada, callada y miedosa. La poca diferencia de edad entre nosotras y el hecho de que mi mamá nos vistiera igual, como si fuéramos gemelas, probablemente no ayudó mucho.
Y apenas entrada la adolescencia, ella empezaba a entrenar y "se tomaba todo demasiado en serio". Yo era más alocada y fiestera. La poca diferencia de edad entonces parecía abismal: yo iba llegando a la casa de madrugada cuando ella se estaba yendo a entrenar.
En la analogía con Kung Fu Panda, yo era más tipo Po y mi hermana más tipo Tigresa.
Así que empezamos mal.
Durante mucho tiempo pensé que había algo mejor en su manera de ser. Como si ella fuera más responsable, como si la seguridad con la que emitía sus juicios sobre mis decisiones, o su fuerza y gusto por el deporte, fueran una especie de estándar al que yo debía aspirar.
Con el tiempo esto se disolvió y creo que cada una es muy "a su estilo".
A lo largo de nuestra vida no podremos evitar compararnos. Lo hacemos con quienes nos rodean, con figuras públicas, con amigos, hermanos o con cualquiera que se cruce en nuestro camino. Para bien o para mal, parece formar parte de nuestra configuración mental. Comparar nos ayuda a orientarnos, a tomar decisiones y, en ocasiones, incluso a motivarnos.
Brené Brown menciona que la comparación forma parte de nuestra naturaleza humana y que cumple una función importante. El problema no es que aparezca. El problema es quedarnos atrapados ahí.
Es decir, el tema no es compararnos, como ella propone, es no quedarnos estancados en la comparación, sino que seguir caminando; es decir, movernos de esa comparación y hacer algo con ella.
El verdadero problema aparece cuando comenzamos a concluir que deberíamos ser como esa otra persona. Cuando nos estancamos ahí.
Vivimos en un mundo que constantemente se mide comparándose con otros. Quizá por eso existen las competencias, las olimpiadas, los concursos y tantas formas de clasificación. Comparar parece inevitable.
Cómo y para qué nos comparamos hace toda la diferencia.
Vamos desarrollando ideales de quienes nos gustaría ser o de quienes nos gustaría parecernos. Y entonces llegan las categorías de mejor o peor, arriba o abajo, exitoso o fracasado, atractivo o poco atractivo. Surgen nuestros valores, los mensajes que hemos recibido y todo aquello que nos han enseñado que vale más.
Y esto nos causa una cierta ceguera para vernos y valorarnos a nosotros mismos. Para recordar que el valor de cada persona radica precisamente en su diferencia, en su particularidad:
¡No hay nadie en este mundo como uno!
Y eso es increíble.
Hace poco me encontré teniendo una conversación parecida con una amiga muy querida.
Ella, en algún momento, me apodó "SanSen", una mezcla entre Sandra y Sensei (por lo que me dedico), que siempre me ha causado un poco de gracia.
Esta misma amiga a veces me pide recomendaciones de libros, ejercicios o prácticas que a mí me sirven. Pero también me reclama que a ella no le sirven porque ella "no es tan espiritual", o no cree en eso, o me confronta con lo "científico" de algún punto. Y de broma me dice: "es que quiero ser como tú".
Y un día, un poco harta, terminé diciéndole:
—Eres como Po de Kung Fu Panda (regresándole un apodo también).
Después de las risas, le explicaba que el punto nunca ha sido que haga lo que yo hago o que sea yo. Así como yo nunca voy a ser mi hermana.
De hecho, creo que el conflicto empieza cuando intentamos hacerlo.
Le hacía ver cómo ella maneja en carretera como si nada, mientras a mí me cuesta muchísimo y me pone nerviosa. Tiene una disposición increíble para ayudar a todas sus amigas, entre ellas yo, y con los hijos de estas amigas: para armar planes y organizar actividades. A mí eso me da una flojera terrible.
Cocina unas recetas increíbles y no hablemos de su enorme generosidad, así como de su capacidad lectora y de escritura.
En fin, tiene talentos, recursos y formas de estar en el mundo que son completamente distintos a los míos y sumamente admirables. Así como mi hermana los suyos y yo los míos.
Y eso no es un problema.
Eso es precisamente lo interesante.
Porque mientras más intentamos parecernos a alguien, peor nos sentimos con nosotros mismos. Como si cada intento de convertirnos en otra persona reforzara la sensación de que no somos suficientes.
Y creo que ahí está la trampa de las comparaciones:
Po nunca se convierte en la Tigresa.
Nunca.
Y justamente por eso logra convertirse en el Dragón Guerrero.
Mi amiga no necesita convertirse en mí.
Yo nunca necesité convertirme en mi hermana.
De hecho, a veces somos Po y a veces la Tigresa para alguien más, como en este ejemplo.
Quizá el conflicto era creer que para ser valiosas teníamos que parecernos a alguien más y perdernos de descubrir nuestro propio Dragón Guerrero.
Sandra L Vargas

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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