Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Mañana se cumple un año de la muerte de Sancho (mi perro). Y aunque durante este tiempo he escrito distintas cosas sobre él —cartas, reflexiones, despedidas— creo que apenas ahora puedo mirar con un poco más de claridad lo que realmente significó en mi vida.
Porque Sancho no fue “solo un perro”.
Y quizá ahí está algo importante de reconocer: los seres humanos también construimos vínculos profundos más allá de nuestra especie y estos nos acompañan en duelos, separaciones, mudanzas, enfermedades, rutinas, maternidades, crisis y alegrías. Se vuelven testigos silenciosos de nuestra vida. Presencias constantes. Y puede ser que muchas veces no entendemos cuánto nos sostienen hasta que enfrentamos la posibilidad de perderlos.
Sancho fue eso para mí.
Mi “sombrita”, como lo bautizó hace muchos años una amiga muy querida. Mi perrito salchicha chocolate llegó a mi vida en medio de una separación importante y, desde entonces, pareciera que decidió no apartarse nunca demasiado de mí. Me acompañó durante más de quince años: en separaciones amorosas dolorosas, en mi formación como psicoanalista, en la llegada de mis hijos, en mudanzas, crisis, rutinas y nuevos comienzos. A veces siento que gran parte de mi vida adulta ocurrió con él cerca.
De cachorro tuvo parvovirus. Tenía apenas seis meses y aun con todas sus vacunas, se contagió. Mi hermana, que es veterinaria, hizo todo lo posible para salvarlo. Recuerdo incluso una transfusión sanguínea que le provocó una reacción terrible; se inflamó tanto que parecía más un ornitorrinco que un perro salchicha. Mi mamá fue a cuidarlo mientras yo trabajaba y, según la historia familiar, el agua bendita que le echaron cuando pensaron que “ya se había ido” es lo que lo salvó. Sí, Sancho volvió y, de alguna manera, eso siguió pasando durante toda su vida: volvía.
Viajamos muchísimas veces juntos sobretodo a Puerto Escondido. Años después, cuando me convertí en mamá y esos viajes dejaron de ser solo nuestros, todavía tuvimos una oportunidad de viajar solos, precisamente a esa playa: una Navidad en la que mis hijos se fueron con su papá, ya con doce años caminando a mi lado, Sancho y yo regresamos al mar.
Sancho también conoció bosques, ciudades, caminatas, montañas y casas distintas. Pero hubo un lugar que terminó siendo especialmente suyo:
mi consultorio.
Durante años fue una especie de co-terapeuta. Al inicio preguntaba a los pacientes si les molestaba que estuviera presente; nadie nunca dijo que sí. Después de la pandemia dejó de ser pregunta y se volvió aviso: “trabajo con un perro”. Y ¡qué perro!
Con algunas personas generaba vínculos muy especiales; otras simplemente lo ignoraban y él a ellas. Pero siempre estaba ahí. Echado en “su” sillón, acompañando silenciosamente procesos emocionales profundos sin entender una sola palabra y, al mismo tiempo, entendiéndolo todo desde otro lugar.
Porque los animales no nos hablan con palabras, pero quienes convivimos de cerca con ellos sabemos que sí comunican y nos entienden. Con el cuerpo. Con la mirada. Con la presencia. Con la manera en que esperan tu regreso aunque hayas salido solo tres minutos a abrir la puerta.
Sancho me miraba como si yo fuera el ser más preciado del planeta.
Con los años se volvió tan parte de mi vida, tan constante, tan presente, que quizá también empecé a darlo un poco por sentado. Ahí estaba siempre.
Por supuesto, también tenía su lado intenso. Sus ladridos de reclamo si me iba, sus intentos de mordidas feroces si sentía que alguien podía representar peligro (según él), sus marcas de orina cuando alguien amenazante —de quitarle su lugar— aparecía. Sancho sentía intensamente. Y probablemente por eso también cuidaba intensamente.
Con el paso de los años, empezó a envejecer y poco a poco aparecieron dolores, problemas neurológicos, dificultades para caminar, para comer. Y junto con eso apareció también algo muy difícil de explicar para quienes no han vivido un vínculo así: el miedo constante a perderlo.
Recuerdo que una mañana, cuando ya Sancho estaba muy viejito, me desperté con una pregunta muy específica en la cabeza:
¿Qué tengo que aprender?
El día anterior había escuchado un podcast sobre perros, sobre cómo dejarlos ir cuando llega el momento; sabía que me tenía que preparar. Y aunque cada noche, desde hacía tiempo, me despedía de Sancho diciéndole que si tenía que irse estaba bien, que podía irse tranquilo, que lo queríamos muchísimo, también le decía que, si quería quedarse, también estaba bien y yo iba a cuidarlo el tiempo que necesitara. Porque, en el fondo, yo sentía que más que yo aferrándome a él, era él quien todavía no quería irse.
Incluso en sus últimos meses, Sancho parecía empeñado en volver una y otra vez. Hubo días en los que pensamos que se moría y al día siguiente amanecía caminando, comiendo, pidiendo comida, levantando la patita para marcar “su territorio”, como si siguiera siendo invencible.
“Creo que ya van seis vidas”, llegué a escribir después de una de esas recuperaciones milagrosas.
Y entonces llegó ese lunes.
Esa mañana no quiso entrar al consultorio conmigo. No quiso comer. Caminó poco. Lo acaricié antes de irme por mis hijos y nos despedimos como siempre, mirándonos con muchísima atención.
Cuando regresé, apenas había tomado agua.
Y de pronto pasó.
Su cuerpo simplemente dejó de poder sostener más.
Recuerdo perfecto la voz de mi hermana por videollamada diciéndome:
“San, se está muriendo”.
Y entonces salí de mi estado de desesperación y solté.
Me calmé. Lo abracé. Lo acompañé.
“Está bien, chiquito. Está bien. Puedes irte, aquí estoy.”
Llamé a mis hijos para que pudieran despedirse y, en cuestión de segundos, Sancho se fue entre mis brazos. Todavía hoy pienso que fue un privilegio enorme poder acompañarlo hasta ese último suspiro. Estar ahí. No dejarlo solo. Poder decirle gracias mientras se iba.
Y entonces entendí la respuesta a aquella pregunta:
La generosidad.
Porque además de acompañarme durante tantos años, también me regaló algo inesperado en sus últimos meses: la posibilidad de volver a mirarlo atentamente y cuidarlo de cerca. Detenerme otra vez en su ritmo, poner atención a sus necesidades, a su presencia cotidiana.
A veces quienes siempre están terminan volviéndose paisaje sin que nos demos cuenta. Y creo que, de alguna manera, Sancho también vino a recordarme eso: a volver a mirar atentamente a quien ha estado ahí todo el tiempo. A no dar por sentado la presencia de quienes nos acompañan silenciosamente todos los días.
Ellos nos regulan emocionalmente. Nos acompañan en silencios imposibles. Nos sostienen en rutinas, en tristezas, en soledades. Nos esperan. Nos leen. Nos observan. Nos quieren de maneras brutalmente simples y honestas y, sobre todo, son enormemente generosos.
Finalmente Sancho se fue después de este hermoso regalo: dejarme volver a verlo atentamente otra vez. Y quizá también cuando sintió que ya no tenía que cuidarme de esos “machos peligrosos” que tanto le preocupaban. Me gusta pensar que se fue un poco más tranquilo al verme, por fin, capaz de cuidarme sola.
Sancho, aun en su ausencia, sigue aquí. De muchas formas, pero sobre todo en el consultorio, donde su ausencia lo vuelve presente.
Gracias, Sancho, por tantos años siendo mi sombrita.
Sandra L Vargas

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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