Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Hace tiempo escribí un artículo sobre las mamás “perfectas” y, si bien no quiero repetirme —ese artículo lo pueden leer aquí— sí quiero hacer una pausa para reflexionar y cuestionarnos algunas cosas.
¿Qué es ser mamá? Pues quién sabe. Pero hay algo que sí parece claro: nos guste o no, solemos ser la figura más importante en el vínculo emocional de nuestros hijos. Y no hablo desde un lugar moral, sino biológico y emocional.
Esto no significa, por supuesto, que toda la responsabilidad recaiga únicamente en nosotras para lograr ser “buenas” mamás. Y cuando hablo de “buenas”, me refiero más al término de Winnicott de madres suficientemente buenas (es decir, madres que no necesitan ser perfectas, sino capaces de sostener, reparar y acompañar de manera suficientemente estable y amorosa). Para sostener a un hijo hace falta una comunidad, una red, un entorno que también sostenga a esa madre para que pueda volcarse, por un tiempo, a la labor de maternar; una labor que, en los humanos, además, es particularmente larga y demandante.
Por supuesto que esto va cambiando con el tiempo. No se espera lo mismo en el cuidado de un recién nacido que de un adolescente o de un hijo adulto. Pero los cuidados siguen siendo una de las labores menos reconocidas —y menos remuneradas— al menos en nuestro entorno. Y eso vuelve esta tarea profundamente compleja.
Y si bien lo que menos necesitan nuestros hijos e hijas son madres perfectas, como mencionaba en aquel artículo, nuestras equivocaciones y nuestras fallas también abren oportunidades: para reparar, para pedir ayuda, para mostrarles a nuestros hijos que no pasa nada si no hacemos todo “bien”, que no siempre vamos a poder y que somos falibles. Porque más que madres perfectas, necesitan madres sostenidas, acompañadas.
Lo que más me inquieta es cuando las mamás tienen que maternar “solas”. No porque no puedan hacerlo —lamentablemente muchas lo hacen; para eso está el artículo de “Historias comunes de mujeres extraordinarias”— sino por el enorme costo que esto implica y por la profunda soledad con la que muchas veces atraviesan esta labor, sobre todo emocionalmente.
Muchas veces, cuando una madre siente que está sola, intenta multiplicarse. Ser sostén emocional, económico, cuidadora, paciente, fuerte, presente, disponible, amorosa, organizada, estable. Y en medio de ese intento por sostenerlo todo, muchas veces termina abandonándose a sí misma.
Porque no hay manera humana de ocupar todos los lugares, llenar todos los vacíos y responder siempre a todo. Y quizá una de las cosas más difíciles de aceptar en la maternidad es precisamente esa: que amar profundamente a un hijo no evita que haya dolor, frustración, límites o ausencias. Y que, muchas veces, tampoco podemos “salvarlos” por completo de las condiciones o realidades que atravesamos como madres, familias o sistema. Algunas cosas simplemente no están del todo en nuestras manos.
Sé que no puedo —o no podemos— cambiar el sistema que nos rodea de la noche a la mañana. Pero sí podemos empezar por transformar la manera en que nos miramos a nosotras mismas, cómo nos hablamos y desde dónde nos exigimos.
Y aun entendiendo todo esto, muchas veces la expectativa sigue ahí. Por eso también ayuda que, cuando veamos a una mamá, podamos recordar que probablemente está batallando silenciosamente con esa exigencia interna. Y que quizá, más que juzgarla, podríamos ofrecerle una mano, acompañarla, hacerle sentir que no está sola en una labor tan fundamental, ya seamos pareja, familia, amigos, colegas, vecinos, hijos o hijas. En esos vínculos tempranos se construyen muchas de las bases emocionales de los futuros adultos de este mundo.
No olvidemos que ser mamá no tiene que ver con hacerlo perfecto, sino con poder permanecer. Reparar. Volver. Pedir y aceptar ayuda. Descansar. Equivocarse sin atormentarse con juicios y autocríticas. Y que con cada falla viene un aprendizaje, no solo para una, sino para ellos y ellas también. Construyen su voz interna a través de la tuya: trátate bien.
Espero que en este Día de las Madres hayas podido regalarte un poco de paz y tranquilidad. Y si no fue así, ojalá puedas recordarte que también puedes darte eso otro día, cuando lo necesites. Porque no estar, a veces también ayuda a estar mejor. Date espacio, tiempo, permiso…
Y si no eres madre, quizá puedas regalarle a alguna mamá una mirada más amorosa y validante. Recordarle que probablemente lo está haciendo lo mejor que puede o quizá cuidarle un rato a los hijos para que pueda regresar más descansada y recargada ;)
*La de la foto es mi mamá, que ha sido para mí más que una madre suficientemente buena...

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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