Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Sé que ya les platiqué que en mi casa, mi hermana era la deportista, sobre todo en natación, y buenísima (a la fecha lo es). Yo, por el contrario, estaba muy asustada del agua: del océano, de la natación y de las albercas. Representaban todo aquello que salía de mi control y me aterraba la idea de ahogarme. Esto se reforzaba porque a mi mamá también le daba miedo y por lo desagradables que fueron mis primeras clases de natación. Los ingredientes perfectos para que yo me identificara con que eso no era para mí.
Pero, aunque suene extraño, el agua a la vez me fascinaba. Siempre soñé con tener una tina, sumergirme en ella, mirar las cosas desde abajo del agua y jugar en ella. Así que estaba en una ambivalencia perenne. Por lo cual, me imagino, aprendí a nadar —no sé ni cómo—, o al menos a flotar…
Con el tiempo descubrí que el miedo, para empezar, no era mío (miedos heredados, que ahondaremos en otro momento), que que yo también podía nadar, sin tener que convertirme en campeona de nada, simplemente por el hecho de disfrutarlo.
Pero lo más importante para mí fue descubrir que podía soltar el control: encontré la manera de sentirme contenida, abrazada por el agua.
¿Qué quiero transmitir con este escrito? Más allá del miedo —que ya trabajé en el artículo Eso que llamamos miedo—, hay algo que aparece con frecuencia: el miedo a perder el control. Cuando el miedo deja de ser una señal de protección, a veces ya no habla de un peligro externo, sino de algo más interno. Y es ahí donde el control, que en algún momento nos ayudó, también puede volverse limitante. Enfrentar ese “no tener el control” abre la posibilidad de una transformación más simbólica y profunda.
El agua, para mí, representaba ese soltar el control: dejarme sostener.
Hace ya más de 20 años que me animé a nadar. Si bien las primeras veces me sentí "ridícula" en el carril de principiantes, junto a los niños, yo a mis veintitantos, con el tiempo se ha convertido en mi espacio de meditación y de soltar. Durante mucho tiempo creí que el agua era peligrosa porque no podía controlarla. Pero el problema no era el agua, era mi dificultad para soltar. Y la voz que me llamaba no era a hacerlo mejor, ni a dominarla, sino a algo muy distinto: a dejarme sostener.
Hoy no puedo imaginarme sin sumergirme en el agua cada semana. Ahí aparece mucho de mi proceso creativo: ideas, conversaciones, diálogos internos. En esa atmósfera de contención encuentro claridad; sin los ruidos del exterior, algo se ordena y la creatividad emerge.
También es un refugio (como la meditación) cuando no sé qué hacer, cuando necesito una pausa, donde mi estado de ánimo cambia con facilidad: de la preocupación al bienestar, del sufrimiento al gozo, del dolor a la relajación. Entro en un estado de contemplación, de conexión conmigo y con lo que me rodea. Como nado al aire libre, miro las nubes, los pájaros, los árboles, los insectos, los aviones...
La sensación del agua en mi cuerpo es como una caricia; me siento acompañada. Me dejo llevar y, por momentos, todo se aquieta. Me permito sentir lo que sea: he llorado, me he peleado, he conciliado y he soltado mientras nado. Y me lo permito porque estoy conmigo, conectada conmigo misma, sabiendo que estoy bien, que ahí puedo regresar: a mí. El agua me lo facilita: me acompaña, me sostiene, me carga mientras suelto el control.
Regresando a esta experiencia, Winnicott nombra “sostén” a eso que no es solo físico, sino todo un entorno que permite sentirse contenido. A veces, por las circunstancias de la vida, no nos sentimos lo suficientemente contenidos; a veces se genera una desconfianza básica. Esto no quiere decir que “algo malo” nos pasó (o sí), sino que en algún momento hubo una falla que nos llevó a dudar del “afuera”. Nos asusta y, sin embargo, lo añoramos.
Es importante encontrar un lugar donde podernos sentir más sostenidos. Pero para descubrirlo hace falta entrar, animarnos a probar eso que nos asusta. Por supuesto, es diferente para cada quien. Muchas experiencias emocionales no se pueden controlar ni entender desde fuera; hay que entrar —y soltar—. Así descubrimos que no eran peligrosas, sino profundamente sostenedoras. Esto suele pasarnos con el control. El control excesivo cansa y desgasta. Animarse a soltar y dejarse sostener es indispensable para el ser humano; son las bases de la confianza básica.
En ocasiones, el no tener el control es lo que da miedo. Aprendimos que, si “estaba en nuestras manos”, entonces lo lograríamos, y funcionó, pero hoy también puede volverse un obstáculo para permitirnos confiar en algo fuera de nosotros. Yo sé que, por más temor que nos dé soltar el control, a veces es justo eso lo que nos libera, lo que nos permite descubrir una sensación de confianza y seguridad que no depende de controlarlo todo.
¿Qué te da miedo no poder controlar?
¿Qué no quieres soltar?
¿Qué te da miedo, pero al mismo tiempo te aleja de eso que buscas?
Sandra L Vargas

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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