Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Narcolepsia. En 2018, después de dos años de brincar por varios médicos, especialistas, naturistas, dietas, ejercicio, etc., me diagnosticaron un trastorno del sueño llamado narcolepsia. Esto no tiene nada que ver con los narcos ni con las drogas (bueno, más que para tratarla farmacológicamente).
El término tiene su origen en el griego antiguo. Está compuesto por dos palabras:
νάρκη (nárkē): que significa “torpor”, “adormecimiento”
λήψις (lêpsis): que significa “ataque”, “convulsión”
Aunque mi intención no es explicar este trastorno neurológico. Creo que tiene un significado en mi vida: como su nombre lo sugiere, son “ataques de sueño”. Las causas se desconocen (como en muchos trastornos de este estilo); por supuesto, hay explicaciones relacionadas con una deficiencia en algún neurotransmisor (hipocretina/orexina) o incluso factores genéticos.
En fin, el tema es que algunos de sus síntomas son que te dan, literal, “ataques de sueño” en los momentos menos esperados. De pronto es como si entraras en sueño profundo con solo parpadear, y tienes que pelear contra eso. Yo lo vivía como si el día anterior me hubiera ido de fiesta y desvelado hasta el amanecer (cosa que, por supuesto, no había sido así), sintiendo una terrible pesadez al poco tiempo de despertarme.
Como se podrán imaginar, esto afectó enormemente mi calidad de vida.
Mi vida iba un poco así: me despertaba sumamente temprano, fresca como una lechuga. Cabe mencionar que yo despierto y despierto, me duermo y me muero (en mi caso narcolépsico). Es decir, hasta ahí no me generaba ninguna molestia; estaba acostumbrada.
Hacía ejercicio, ya que una manera natural que encontré de “tratar” esto —antes de saber qué demonios me pasaba— era justamente el ejercicio. Ahora entiendo que así generaba endorfinas que, como es sabido, tienen la capacidad de aliviar el dolor y generar sensaciones de placer y bienestar.
Hasta ahí, muy bien. Rutina diaria, etc.
Pero por ahí de las 10 de la mañana, de pronto, sin previo aviso, era como si alguien bajara el switch en mi cerebro. Los ojos me pesaban terriblemente, me daba un ligero dolor de cabeza y un sueño irresistible. Me daba miedo cerrar los ojos, ya que en un parpadeo puedes —literal, y me sucedió— caer profundamente dormida.
Con el trabajo que ejerzo, podrán imaginar la desesperación: estar en un sillón frente a un paciente contando cosas realmente importantes de sí mismo, y yo, independientemente de lo concentrada que pudiera estar, pum… de pronto tenía que pelear con no quedarme dormida.
No solo ahí me daba temor. Lo peor era a la hora de recoger a mis hijos de la escuela. Recuerdo bajar el vidrio de la ventana para que el aire despejara mi cabeza, ya que me aterrorizaba quedarme dormida mientras manejaba de regreso a casa. Y esto conllevó a que estuviera irritable durante el día.
Intentaba, en la medida de mis posibilidades, tomar una pequeña siesta, pero de no más de 15 minutos, ya que también padecía, desde la adolescencia, parálisis del sueño (como después me enteré, también asociada a este trastorno) y si me pasaba de los 15 minutos, era muy probable que me sucediera y lo evitaba a toda costa.
Era curioso: podía quedarme dormida inmediatamente con solo poner la cabeza en la almohada. Les pedía a mis hijos que me dieran “chance”, llena de culpa por no poder estar más con ellos. Y, a su vez, se volvió un círculo vicioso: o estaba muerta de sueño o irritable durante el día. Y esto, en mi cabeza, generó mucha culpa y malestar emocional.
Sentía que me estaba perdiendo disfrutar a mis hijos y mi vida en general, ya que no tenía ganas de salir con nadie una vez llegado el fin de semana; solo pensaba en “descansar”.
Y no me la podía vivir solo haciendo ejercicio, ya que, evidentemente, la sensación placentera de las endorfinas era pasajera.
Como vimos en Eso que llamamos miedo, no siempre huimos o luchamos. A veces, el cuerpo hace algo más: se paraliza. Se “hace el muerto”.
Hoy puedo mirar mi narcolepsia también desde ahí:
Porque más allá del diagnóstico, más allá de los neurotransmisores, había algo en mi vida que no estaba pudiendo sostener de otra manera. Vivía en una relación en la que, sin darme cuenta, me había ido apagando. No era un peligro evidente, pero sí una forma de agresión más silenciosa: la ausencia, la indiferencia, el no ser vista, el cargar con más y con un adulto (cosa que es imposible para cualquiera).
Y algo en mí lo sabía.
Pero no lo estaba pudiendo nombrar. No lo estaba pudiendo ver, por lo que no lo estaba pudiendo mover. Entonces mi cuerpo habló. O más bien, gritó… a su manera.
Hoy entiendo esto que me pasó desde ahí: mi cuerpo no me estaba fallando, me estaba, por un lado, protegiendo. Si no podía salir de esa situación, al menos podía desconectarme de ella, apagarme... Y, por otro, me estaba gritando que algo tenía que mover y/o hacer para atender mi situación emocional.
A veces, cuando no escuchamos, sube el volumen.
Mucho de esto lo he podido pensar también a partir de lo que plantea Gabor Maté, en su libro Cuando el cuerpo dice no, es porque algo en nuestra vida no está pudiendo sostenerse más.
En mi caso, ese “no” tomó la forma de sueño.
Y fue hasta que algo empezó a moverse emocionalmente en mí —cuando pude tomar decisiones que antes no podía, y cuando recuperé cierta fuerza, gracias tanto al medicamento como a esta reflexión de lo que hay detrás— que ese letargo empezó a ceder, y poco a poco logré tomar la decisión que había que tomar.
Y no creo que sea casualidad.
Hoy, más que ver ese episodio como algo que “me pasó”, lo veo como algo que me habló. Porque el cuerpo no habla en palabras, pero se expresa clara y simbólicamente.
Como plantea Joyce McDougall, cuando algo no puede ser pensado o simbolizado psíquicamente, puede encontrar su vía de expresión en el cuerpo.
Hay que aprender a volver a escucharlo.
Y no porque esté fallando, sino porque es lo único que encuentra para que le hagamos caso.
¿Te pasa algo físico y no “se debe a nada biológico”?
¿Intentas de todo y sigue ahí?
Probablemente, más que algo a resolver, es algo que escuchar.
¿Qué te está diciendo?
¿Qué está simbolizando?
Si prestas atención con cuidado y mucha compasión, quizá en lo que te pasa está la respuesta.
Sandra L Vargas

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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