Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Suelo escuchar con frecuencia que soy muy disciplinada y organizada.
Siempre me ha parecido que exageran. Yo no me considero así. Vaya, tampoco soy un caos absoluto, pero conozco personas que llevan un Excel de sus finanzas, que tienen su casa perfectamente organizada, con etiquetas, rutinas pegadas en el refrigerador, etc. yo no.
Un amigo me recomendó el libro Hábitos Atómicos de James Clear, que habla sobre hábitos, en un inicio me irrité un poco. No con el libro, ni con mi amigo, sino conmigo y con mi necesidad de "hacer algo más". Porque me llevó a sentir que tenía que agregar una serie de cosas más a mi lista de cosas por hacer. Aún así, decidí terminarlo y, al concluirlo, me di cuenta de que ya hacía muchas de las cosas que el libro proponía. No necesariamente de la misma manera tan metódica y organizada; es más, las hacía sin saber que las estaba haciendo.
Digamos que, de una forma natural y orgánica, había encontrado la manera de lidiar con lo que yo denomino mi "caos mental". Lo que más me sorprendió fue descubrir que, sin haberlo planeado, había desarrollado una serie de estrategias para ayudarme a mí misma. Insisto yo no me considero una persona especialmente ordenada; eso ya lo profundizaré después.
Así que, yo me dejo pistas y, de alguna manera, me hablo. Por supuesto que todos lo hacemos, cada quien a su modo. El mío consiste en dejarme pequeñas señales en el camino para que, cuando llegue el momento, no tenga que depender de mi memoria, sino que esas pistas me lleven de la mano.
Por ejemplo, dejo a la vista las cosas que me debo llevar o las vitaminas que tengo que tomar. También alisto mi ropa una noche antes porque ya sé cómo funciona mi cabeza: soy experta en perder el tiempo y, si dejo esa decisión para la mañana, puedo pasar muchísimo tiempo frente al clóset tratando de decidir qué ponerme. Así, simplemente, ya no tengo que pensarlo.
Hago un calendario con las diferentes comidas de la semana, en una hoja de rehúso o cualquier papel que me encuentre, con la pluma que tenga a la mano. Lo hago porque, si no, a la mera hora se me olvida qué comprar. Así ya sé qué pedir, compro únicamente lo que voy a usar y evito que la comida se tire y el resto de la semana no me detengo a imaginar que podemos comer con lo que hay. Quizá la diferencia es que no lo hago en Excel, ni guardo esas hojas en un fólder perfectamente etiquetado. Podría intentarlo, aunque no sé si lo haré. Creo que ahí sí terminaría convirtiéndose en otra tarea más de mi lista, así que no quiero.
También llevo mi libro y mi botella de agua a todos lados. No necesariamente leo ni tomo agua todo el tiempo, pero si no los llevo, es mucho más probable que no haga ninguna de las dos cosas. Tenerlos cerca funciona como un pequeño recordatorio de aquello que quiero hacer.
Si hay cosas que salen de mi rutina, las acomodo en lugares estratégicos para ir hilando lo que quiero hacer. También me dejo papelitos con una sola palabra, suficiente para recordarme algo. A veces, el simple hecho de escribirla hace que ya no lo olvide al día siguiente.
Soy muy mala para los calendarios del celular o las aplicaciones digitales. Mi agenda sigue siendo de papel. Así recuerdo exactamente las cosas por el lugar donde las escribí, el color que utilicé, que estaba pensando cuando lo escribí, etc. El celular siempre se ve igual para mí; ahí no tendría pistas para recordar qué o dónde escribí cada cosa.
En fin, créanme: si no logro poner esas pistas en mi camino, soy un caos absoluto.
Me ha pasado que, por alguna razón, alguien mueve alguno de esos objetos. Entonces se rompe el eslabón de la cadena y tengo que hacer el esfuerzo consciente de recordar qué era lo que quería hacer. Y, a veces, me pierdo o simplemente lo olvido. Quizá por eso alguna vez no devolví ropa, refractarios o entregué un regalo tarde.
Otra cosa que hago es resolver lo antes posible aquello que no me gusta hacer. Si no, es probable que mi mente lo desplace porque está ocupada con otras cosas que le parecen más importantes. O lo llevo cargando como "algo que tengo que hacer" y eso es lo que más me molesta.
Así que hago mis pagos en cuanto llega la fecha, agendo las citas apenas lo recuerdo y resuelvo pendientes de ese estilo cuanto antes. Porque, de lo contrario, paso varios días con un recordatorio mental constante: "que no se te olvide tal cosa". Prefiero quitarme ese peso de encima lo antes posible para no irlo arrastrando.
Con todo esto quiero decir que muchas veces hacemos cosas sin darnos cuenta de que las hacemos —vaya trabalenguas— porque ya forman parte de nuestra manera natural de funcionar. Durante mucho tiempo insistí en que yo no era una persona especialmente organizada, sino todo lo contrario, un caos que necesitaba hacer todas esas cosas para que el día funcionara. Supongo que, como tantas otras veces —como escribía hace unas semanas en Las comparaciones—, estaba midiéndome con alguien más y considerando que su manera de hacerlo era mejor que la mía. Hoy pienso que quizá no era mejor; simplemente era distinta. Tal vez esas personas necesitan una organización mucho más estructurada que la mía; al final, cada quien construye el orden que necesita para llevarse bien con su propio caos interno.
Algo parecido sucede con algunos aspectos del síndrome del impostor: aquello que hacemos con facilidad suele parecernos tan normal que dejamos de verlo como una habilidad. No fue que el libro me enseñara nuevas estrategias; más bien me permitió reconocer y valorar algunas que llevaba años haciendo sin siquiera saber que lo eran.
Por eso, cuando alguien desde afuera te señale alguna de esas maneras positivas de resolver la vida, vale la pena escucharlo. Si bien podemos aprender nuevas estrategias, también podemos reconocer y valorar las que ya hemos construido sin darnos cuenta. No hay perfección en esto; simplemente hay estilos diferentes.
Pero lo que hoy me parece más lindo de este descubrimiento es la comunicación que tenemos con nosotros mismos.
Solemos prestar mucha atención a nuestras voces críticas y, aunque vale la pena escucharlas porque pueden ayudarnos a crecer —como comentaba en otro artículo Las críticas—, también es importante reconocer estas otras partes que ya existen en nosotros y que, silenciosamente, nos ayudan todos los días.
Mientras escribía este artículo me di cuenta de que casi nunca había prestado atención a una de ellas. No porque fuera más pequeña, sino porque hacía tan bien su trabajo que pasaba desapercibida. La parte que me deja pistas, la que prepara la ropa, la que acerca las vitaminas, la que deja el libro en la bolsa, etc.
Pequeños ajustes pueden hacer grandes diferencias.
Hoy me siento feliz de haber descubierto que, a veces, el crecimiento no consiste en hacer más cosas, sino en aprender a reconocer y valorar las que ya forman parte de nosotros.
Estoy convencida de que cada quien tiene muchas cosas que ya hace bien o para las que tiene facilidad. Y el hecho de que nos salgan de manera natural no las hace menos valiosas. Creo que vale la pena empezar a reconocer esos recursos que ya existen en nosotros.
En mi caso: las que me dejan pistas.
Quizá hoy sea un buen día para empezar a reconocer las tuyas.
Sandra L Vargas
Nota: Sí, como yo, a veces necesitas pistas o pequeños hábitos para organizarte sin sentir que estás agregando otra obligación más a la lista, te recomiendo mucho Hábitos Atómicos, de James Clear. Más que dar recetas, invita a hacer pequeños cambios que, con el tiempo, pueden marcar una gran diferencia. Al menos para mí, terminó siendo un buen aliado.

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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