Del griego antiguo: observar con atención, examinar sin apresurarse a concluir.
Investigar sin cerrar respuestas.
Hoy amanecí pensando en un amigo muy querido. Fue el primero de mis amigos en convertirse en papá.
Tan joven fue padre, que durante algunos años le perdí un poco la pista. Mientras los demás seguíamos estudiando, saliendo o tratando de averiguar quiénes éramos, él ya estaba criando hijos.
Le escribí para felicitarlo y decirle que siempre he admirado algo de él: a pesar de la juventud, de las dificultades y de todo lo que implica convertirse en padre antes de tiempo, ha permanecido cercano y responsable con sus hijos. Hoy ellos son adultos y conservan una relación amorosa con él. Me parece que ese es uno de los mayores regalos que puede ofrecerse a un hijo: estar presente.
También pensé en la pareja de una de mis mejores amigas. Un padre divorciado que ha atravesado dificultades y momentos complejos, pero que ha permanecido presente en la vida de sus hijas y se ha responsabilizado de ellas desde un lugar profundamente amoroso. Pensé en él porque representa a algunos hombres que, aun en medio de las dificultades, siguen estando.
Y finalmente pensé en mi papá.
Crecí en una familia que, para los estándares del medio en el que me desenvolvía, era poco convencional. Mi mamá y mi papá trabajaban fuera de casa y él estaba mucho más presente de lo que yo veía en muchas familias de mi entorno. Nos llevaba a la escuela, nos recogía, comía todos los días con nosotros y poco a poco fue haciéndose cargo de algunas tareas domésticas (no por gusto).
Mi mamá seguía sosteniendo la mayor parte de la casa, como sucede con muchas mujeres de su generación y de la nuestra, y sé que eso trajo tensiones, desacuerdos y probablemente una enorme sobrecarga para ella.
Mi papá colaboraba en algunas cosas, muchas veces más por necesidad que por convicción. Era impaciente, poco tolerante y de carácter explosivo; muy distinto a la paciencia y la suavidad que caracterizaban a mi mamá.
Hace cuatro años mi mamá enfermó. Su salud se deterioró de una manera que cambió la vida de todos nosotros. La enfermedad la dejó con una gran dependencia y su vida cotidiana tuvo que reorganizarse por completo y de forma drástica.
Lo que más me ha sorprendido durante estos años no ha sido únicamente la enfermedad de mi mamá, sino la manera en la que mi papá ha permanecido:
Un hombre impaciente ha tenido que aprender a esperar, un hombre acostumbrado a ciertas dinámicas ha tenido que reorganizar su vida. Y alguien que quizá nunca imaginó ocupar ese lugar ha terminado habitándolo: el de cuidador principal.
Poco a poco comenzó a hacerse cargo de la casa, de la comida, de la limpieza, de la organización, de las citas médicas y de la vida cotidiana. Mis hermanos y yo hemos tratado de estar cerca, de acompañarlo y apoyarlo desde nuestras propias realidades, aunque nuestras vidas no siempre nos permitan hacer todo lo que quisiéramos. También hemos buscado apoyos, contratado enfermeras y personas que puedan ayudar algunas horas del día. Aun así, gran parte del peso cotidiano ha recaído sobre él.
No ha sido fácil. Han habido muchos ajustes, cansancio, frustraciones y aprendizajes. Tampoco ha sido sencillo acompañar la tristeza, la enfermedad y todos los cambios emocionales que una situación así trae consigo.
Pero, día tras día, él ha permanecido. Y no porque se hubiera preparado para ello, ni porque de pronto se convirtiera en otra persona. En cierto sentido, no le quedó de otra.
La vida a veces nos coloca en lugares que no elegimos. Pero también es cierto que frente a esas circunstancias siempre existe algún margen de elección: quedarse o irse, involucrarse o desentenderse, endurecerse o transformarse.
Mi papá se quedó.
Y quedarse no siempre es sencillo.
Con el tiempo también lo he visto suavizarse. Escuchar "críticas", considerar que algunas cosas podrían hacerse de otra manera. Adaptarse a una vida que nadie en la familia imaginó. Ajustar su tono, sus maneras… en fin, se ha adaptado.
Y esto, para mí, ha sido una especie de regalo: la posibilidad de ver a mi papá desde otro lugar. Verlo habitar un espacio que jamás imaginé para él. Verlo vulnerable, cansado, confundido a veces, pero también dispuesto a permanecer, a escuchar, incluso a cuidar su salud emocional.
Ojo, no llamaría regalo a las adversidades, porque nadie desea el sufrimiento de quienes ama ni el de nadie. Pero sí pueden convertirse en oportunidades para descubrir quiénes somos cuando las cosas se ponen difíciles.
Permanecer también es una decisión: no irse cuando las cosas se complican, no desentenderse, no abandonar el barco. Estar.
Mi papá lo ha hecho sin hablar demasiado de ello, sin convertirlo en una hazaña ni en una virtud extraordinaria. Creo que he podido admirarlo mucho más desde ahí que desde algunos de los mandatos de dureza, autosuficiencia o proveeduría con los que muchos hombres han crecido o con los que suelen ser medidos.
Por otro lado, vivimos en una cultura donde muchos padres abandonan. Y no me refiero únicamente a la ausencia física. También existen abandonos emocionales, domésticos y afectivos. Hombres que proveen, pero no acompañan. Que resuelven, pero no se involucran. Que están presentes en la foto familiar, pero ausentes en la vida cotidiana, en el día a día.
Al mismo tiempo, se sigue esperando de muchos hombres que solo provean, resuelvan o protejan, pero hablamos poco de los hombres que cuidan y están verdaderamente presentes, quizá porque son la excepción y no la norma:
Los que acompañan.
Los que preparan comida.
Los que administran medicamentos.
Los que esperan.
Los que permanecen.
Por supuesto que las mujeres han sostenido históricamente los cuidados y siguen haciéndolo todos los días. Basta mirar cualquier familia para saberlo. Y muchas lo han hecho a costa de su salud, de sus proyectos o de sí mismas. Ya he escrito antes sobre la enorme carga que implica sostener sola una familia y sobre la importancia de sostener también a las madres. El cuidado nunca debió ser responsabilidad exclusiva de ellas.
Nombrar a los hombres que cuidan no pretende quitar mérito a las mujeres ni repartir medallas. Más bien busca recordar que el cuidado nunca debió ser responsabilidad exclusiva de ellas.
Por eso me parece importante nombrar a aquellos hombres que sí han estado. No porque sean héroes. No porque merezcan un reconocimiento especial por hacer lo que debería ser compartido. Sino porque durante tanto tiempo la ausencia masculina se volvió tan frecuente que la presencia dejó de verse, y a veces no vemos a los que se responsabilizaron de la crianza, los que no se bajaron del barco cuando las cosas se complicaron, los que aprendieron tareas que nadie les enseñó, los que cuestionaron algunos de los papeles que heredaron y renunciaron a ciertos privilegios.
Pero sobretodo: los que cuidan sin hacer demasiado ruido.
Durante mucho tiempo se normalizó que los hombres no estuvieran. Que lo doméstico perteneciera a las mujeres. Que los cuidados fueran algo ajeno a ellos.
Por eso me parece importante decirlo: también existen hombres que permanecen, hombres que cuidan, hombres que siguen estando. Así como estos papás en los que pensé hoy.
Hoy quiero reconocer a esos papás —que, cuando miro a mi alrededor, descubro feliz que muchos de ellos son mis amigos y familiares—, pero en especial a mi papá, que sin demasiadas palabras y sin buscar reconocimiento ha incluido los cuidados y la presencia emocional como una forma de amor también, que ha estado dispuesto a transformarse.
Porque aunque en cierto sentido la vida lo colocó en ese lugar, quedarse también fue una decisión: decidió aprender. Decidió transformarse. Y a su manera, ha aprendido a cuidar de esta otra forma.
Te amo, papá.
Y gracias por estar y por la oportunidad de permitirme conocer esta otra parte tuya.
Sandra L Vargas

Soy Sandra…
Psicóloga y psicoanalista. Mi camino comenzó temprano, primero como paciente y luego como alguien profundamente interesada en comprender la experiencia humana desde dentro. Me formé en psicología y Psicoanalista en México y en España. Desde 2008 tengo mi práctica privada. A lo largo de los años he combinado el trabajo clínico, la docencia y la creación de espacios de acompañamiento emocional, convencida de que el autoconocimiento no es un destino sino un proceso vivo. Este espacio nace de ese recorrido: un espacio para pensar, sentir y abrir preguntas, en comunidad.

Sképsis · Reflexiones es el blog de ABRIR, un espacio de salud emocional y autoconocimiento donde exploramos emociones, cuerpo y relaciones para abrir preguntas y crear comunidad.
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